Un
futuro de etiqueta
Reporte Digital - PC Magazine en español
Javier
Matuk
Hay
un asunto que me tiene un poco nervioso. Se trata
de las nuevas etiquetas
inteligentes que estarán incrustadas en
todos los productos que consumamos, bienes que
adquiramos y más. Conocidas como RFID
o identificadores por radio frecuencia o Smart
Tags, estos pequeños rectángulos
cambiarán nuestra vida, para bien y para
mal.
Actualmente
tienen capacidad de guardar hasta 2,000 caracteres.
Ahí vendrá, por
ejemplo, el número de parte, el número
de serie, todas las características del
producto, la fecha de fabricación, de
caducidad si aplica, el precio de lista, en fin,
muchos datos que no necesariamente queremos que
estén ahí, disponibles a cualquier
receptor. Y es que no usan electricidad. Cuando
la etiqueta se acerca a la antena lectora, “refleja” la
información como si fuera un espejo y
listo. Esa es parte de la magia detrás
de los RFID.
Empresas
de todo tipo están ya trabajando
activamente en la implementación. Desde
los fabricantes hasta los detallistas. La más
grande cadena de supermercados, por ejemplo,
está en etapa de pruebas y es posible
que en el futuro cercano sea un requisito para
poder ser proveedor. Pero, ¿qué tiene
de malo todo esto?
La información que viajará con
nosotros, nos guste o no. El ejemplo típico
de las Smart Tags es, precisamente, en el super.
No será necesario descargar el carrito
para que una cajera pase manualmente cada artículo
por el lector actual. Con solo acercarse a las
antenas, el sistema conocerá todo el detalle
de la compra y calculará el total. Sin
embargo, cuando las tarjetas de crédito
también tengan el nuevo identificador,
la antena también captará cuales
son las que tiene en la cartera, consultará con
los bancos y podrá decirle “¿Quiere
pagar con su American Express o con la Visa que
trae?”. Y también podrá decir “No,
mire, le recomiendo usar la Visa, pues la otra
ya la tiene hasta el tope, no ha pagado desde….”.
En fin, información que conocemos a detalle,
pero nosotros, no medio supermercado.
En el hospital,
por ejemplo, digamos que asiste porque tiene
un dolor de estómago. El
RFID que llevará en su tarjeta o credencial
de inmediato le mostrará la historia clínica
al médico o enfermera. Así, le
dirán “¿qué pasó con
esa dieta que quedó de hacer hace tres
meses para bajar de peso… sus últimos
análisis de colesterol dicen que todavía
es demasiado alto, por eso le duele”. ¿Privacidad?
Hay que irse olvidando de la palabra. Y es que
en latitudes con otro desarrollo, en donde se
cuidan estos detalles e, incluso, se hace cumplir
la ley, digamos que “el gobierno” o “el
big brother” tendrían acceso a todo,
pero en nuestro querido país y otros de
la región, ¿qué tan conveniente
resulta la disponibilidad? No mucho. Desafortunadamente
se puede usar para muchos efectos negativos tanto
dato. Claro, habrá que integrar un sin
número de sistemas de cómputo y
gigantescas bases de datos, pero la tendencia
es esa, un control más estricto a través
de los hábitos de consumo y la información
que se va generando a partir de lo que adquirimos.
¿Quién usa actualmente RFID? Algunos
fabricantes de automóviles ya están
incorporando el Smart Tag en los vehículos.
De esa forma, toda la información esencial
se encuentra ahí. Al llegar al taller
de servicio, el operador simplemente conoce a
detalle el historial del auto, lo que necesita
repararse y, combinado con los muchos sensores
que ahora incluyen las unidades, podrá observar
en pantalla que el nivel de algún líquido
del motor está demasiado bajo, o que las
balatas llevan varios meses sin ser revisadas.
Le podrán decir “Bienvenido, su
coche necesita cambio de aceite, cambio de frenos,
cambio de llantas y además, hace dos años
que no lo afina. ¿Por qué no mejor
le mostramos los nuevos modelos? Acabamos de
revisar, y con su crédito en la American
Express que trae en la bolsa le alcanza para
el enganche…”. Sí, estoy exagerando,
pero no mucho.
Las aplicaciones
son infinitas y sus consecuencias también. Digamos que una noche decide
salir al cine. Al acercarse a la taquilla (en
donde no habrá seres humanos) la pantalla
le podrá informar, comparando su número
de RDIF con extensas bases de datos, qué películas
ha visto, de que género, cuando las vio
y a partir de eso, hacer recomendaciones específicas.
Ahora imagine esto si asiste con toda la familia.
El proceso deberá hacerse unas cinco veces,
digamos, y en base a algoritmos, el sistema decidirá que
es lo más recomendable para pasar las
siguientes dos horas.
En un almacén, el asunto de “levantar
inventarios” es cosa del pasado. Se podrá tener
el estado actual de todo lo que hay ahí guardado
simplemente haciendo pasar las antenas por el
lugar. Claro, habrá sistemas de mayor
potencia que siempre mantengan la información
en línea. Podrá cambiar los precios
en un segundo, alterar algunas especificaciones
que vienen codificadas en la etiqueta inteligente
de acuerdo a las necesidades. Si algún
empleado, por error, guarda en su maleta uno
o varios de estos productos e intenta salir del
sitio, un amable policía le podrá decir “Juanito,
te estás llevando cuatro pares de zapatos
que tomaste del pasillo F en el estante 22 y,
además, no son de tu talla, ¿a
quién se los piensas vender?”.
Inquietante.
Mucha información en malas
manos puede traer consecuencias desagradables. ¿Donde
quedo la individualidad? ¿Ya no podremos
hacer nada sin que quede registrado en un gran
sistema? Quien sabe, pero los RFID ayudaran a
que esto sea una realidad y posiblemente reciba
una llamada –de una grabadora, por supuesto-
que dirá “el foco de 100 watts que
esta en la puerta de su casa se ha fundido. Lo
instaló hace seis meses y pago por él
25 pesos. ¿Quiere que le enviemos unos
de repuesto?”. No me siento muy a gusto
con tanto dato en las nuevas etiquetas. |