< Artículos - 2004
Reporte Digital: SEPTIEMBRE 2004

Un futuro de etiqueta
Reporte Digital - PC Magazine en español
Javier Matuk

Hay un asunto que me tiene un poco nervioso. Se trata de las nuevas etiquetas inteligentes que estarán incrustadas en todos los productos que consumamos, bienes que adquiramos y más. Conocidas como RFID o identificadores por radio frecuencia o Smart Tags, estos pequeños rectángulos cambiarán nuestra vida, para bien y para mal.

Actualmente tienen capacidad de guardar hasta 2,000 caracteres. Ahí vendrá, por ejemplo, el número de parte, el número de serie, todas las características del producto, la fecha de fabricación, de caducidad si aplica, el precio de lista, en fin, muchos datos que no necesariamente queremos que estén ahí, disponibles a cualquier receptor. Y es que no usan electricidad. Cuando la etiqueta se acerca a la antena lectora, “refleja” la información como si fuera un espejo y listo. Esa es parte de la magia detrás de los RFID.

Empresas de todo tipo están ya trabajando activamente en la implementación. Desde los fabricantes hasta los detallistas. La más grande cadena de supermercados, por ejemplo, está en etapa de pruebas y es posible que en el futuro cercano sea un requisito para poder ser proveedor. Pero, ¿qué tiene de malo todo esto?

La información que viajará con nosotros, nos guste o no. El ejemplo típico de las Smart Tags es, precisamente, en el super. No será necesario descargar el carrito para que una cajera pase manualmente cada artículo por el lector actual. Con solo acercarse a las antenas, el sistema conocerá todo el detalle de la compra y calculará el total. Sin embargo, cuando las tarjetas de crédito también tengan el nuevo identificador, la antena también captará cuales son las que tiene en la cartera, consultará con los bancos y podrá decirle “¿Quiere pagar con su American Express o con la Visa que trae?”. Y también podrá decir “No, mire, le recomiendo usar la Visa, pues la otra ya la tiene hasta el tope, no ha pagado desde….”. En fin, información que conocemos a detalle, pero nosotros, no medio supermercado.

En el hospital, por ejemplo, digamos que asiste porque tiene un dolor de estómago. El RFID que llevará en su tarjeta o credencial de inmediato le mostrará la historia clínica al médico o enfermera. Así, le dirán “¿qué pasó con esa dieta que quedó de hacer hace tres meses para bajar de peso… sus últimos análisis de colesterol dicen que todavía es demasiado alto, por eso le duele”. ¿Privacidad? Hay que irse olvidando de la palabra. Y es que en latitudes con otro desarrollo, en donde se cuidan estos detalles e, incluso, se hace cumplir la ley, digamos que “el gobierno” o “el big brother” tendrían acceso a todo, pero en nuestro querido país y otros de la región, ¿qué tan conveniente resulta la disponibilidad? No mucho. Desafortunadamente se puede usar para muchos efectos negativos tanto dato. Claro, habrá que integrar un sin número de sistemas de cómputo y gigantescas bases de datos, pero la tendencia es esa, un control más estricto a través de los hábitos de consumo y la información que se va generando a partir de lo que adquirimos.

¿Quién usa actualmente RFID? Algunos fabricantes de automóviles ya están incorporando el Smart Tag en los vehículos. De esa forma, toda la información esencial se encuentra ahí. Al llegar al taller de servicio, el operador simplemente conoce a detalle el historial del auto, lo que necesita repararse y, combinado con los muchos sensores que ahora incluyen las unidades, podrá observar en pantalla que el nivel de algún líquido del motor está demasiado bajo, o que las balatas llevan varios meses sin ser revisadas. Le podrán decir “Bienvenido, su coche necesita cambio de aceite, cambio de frenos, cambio de llantas y además, hace dos años que no lo afina. ¿Por qué no mejor le mostramos los nuevos modelos? Acabamos de revisar, y con su crédito en la American Express que trae en la bolsa le alcanza para el enganche…”. Sí, estoy exagerando, pero no mucho.

Las aplicaciones son infinitas y sus consecuencias también. Digamos que una noche decide salir al cine. Al acercarse a la taquilla (en donde no habrá seres humanos) la pantalla le podrá informar, comparando su número de RDIF con extensas bases de datos, qué películas ha visto, de que género, cuando las vio y a partir de eso, hacer recomendaciones específicas. Ahora imagine esto si asiste con toda la familia. El proceso deberá hacerse unas cinco veces, digamos, y en base a algoritmos, el sistema decidirá que es lo más recomendable para pasar las siguientes dos horas.

En un almacén, el asunto de “levantar inventarios” es cosa del pasado. Se podrá tener el estado actual de todo lo que hay ahí guardado simplemente haciendo pasar las antenas por el lugar. Claro, habrá sistemas de mayor potencia que siempre mantengan la información en línea. Podrá cambiar los precios en un segundo, alterar algunas especificaciones que vienen codificadas en la etiqueta inteligente de acuerdo a las necesidades. Si algún empleado, por error, guarda en su maleta uno o varios de estos productos e intenta salir del sitio, un amable policía le podrá decir “Juanito, te estás llevando cuatro pares de zapatos que tomaste del pasillo F en el estante 22 y, además, no son de tu talla, ¿a quién se los piensas vender?”.

Inquietante. Mucha información en malas manos puede traer consecuencias desagradables. ¿Donde quedo la individualidad? ¿Ya no podremos hacer nada sin que quede registrado en un gran sistema? Quien sabe, pero los RFID ayudaran a que esto sea una realidad y posiblemente reciba una llamada –de una grabadora, por supuesto- que dirá “el foco de 100 watts que esta en la puerta de su casa se ha fundido. Lo instaló hace seis meses y pago por él 25 pesos. ¿Quiere que le enviemos unos de repuesto?”. No me siento muy a gusto con tanto dato en las nuevas etiquetas.

Volver arriba Regresar